La Semana Santa nos invita a ser valientes. Como pueblo de Dios, entramos en el Triduo con el valor de mirar de frente a la muerte y seguir creyendo que Dios nos llama a la vida.
Durante su primer Domingo de Ramos como Papa, el papa León les urgió a los fieles a poner fin a la guerra. En la crucifixión de Jesús, dijo el Santo Padre, podemos ver una “humanidad crucificada”.
“Sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra", dijo el papa León. “Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!”
Esta Semana Santa nos invita a reflexionar: ¿en qué nos estamos convirtiendo en este mundo fracturado y devastado por la guerra?
En estos primeros años en los que nuestra Iglesia católica ha adoptado la sinodalidad como forma de proceder (lo que yo denomino Sinodalidad 1.0), hemos estado aprendiendo las prácticas sinodales de encuentro, el escuchar, el diálogo, y el discernimiento de la voluntad del Espíritu Santo mientras caminamos juntos hacia el future. Estas experiencias sinodales nos están guiando cada vez más hacia la Sinodalidad 2.0 y el trabajo más profundo de reparación, reconciliación y resurrección.
En medio de las bombas, los misiles y las imágenes de guerra, ¿cómo escuchamos la tierna voz de Dios que nos llama a deponer las armas? La desesperación es tentadora. Y, sin embargo, formamos parte de una tradición de fe inquebrantable que nos sigue llamando, a través de la muerte, a una nueva vida.
El Papa Francisco nos dio la imagen de convertirnos en "artesanos de la paz", un pueblo comprometido con relaciones de cuidado dondequiera que estemos: en nuestras cocinas familiares, nuestras aulas, nuestros lugares de trabajo, nuestras parroquias, nuestras comunidades, nuestros países.
También podemos inspirarnos en las madres Israelíes y Palestinas que recientemente conocieron al Papa León. Caminaron descalzas por las calles de Roma, sin temor de mostrar su vulnerabilidad mientras nos llamaban a la paz.
Como tía abuela de Isabella, de 18 meses, confío en la esperanza y el valor de las madres y las abuelas de que el amor prevalecerá. Y cuando las mujeres sean diáconas, podremos amplificar mejor las voces de la paz – voces que creen en el sueño de Dios de que vivamos como una sola familia humana, creando las condiciones para que todos podamos florecer.
Nuestras prácticas cuaresmales —el Vía Crucis y las oraciones del Viernes Santo— nos ofrecen la oportunidad de acompañar a una humanidad crucificada. Recientemente, tuve el honor de estar con la Comunidad Católica de Santa Mónica en Santa Monica, California para ofrecer su Misión Cuaresmal. Aquí hay un enlace a su Vía Crucis a través de los ojos de María (en inglés), organizado por el Ministerio de Santa Febe de la parroquia.
Creo que el Espíritu Santo se manifiesta durante la Semana Santa para ayudarnos a cada uno de nosotros a dar el siguiente paso para convertirnos en un artesano de la paz. ¿Te puedes imaginar contactando un amigo o familiar con quien hayas tenido tensiones? ¿Quién se llevaría una grata sorpresa al saber de ti, al saber que pensabas en él o ella a pesar de un conflicto anterior?
Desde la vulnerabilidad y la violencia de la cruz, Jesús nos llama a la pertenencia. Podemos aprovechar esta Semana Santa para cuidar de la vida frágil y ser agua viva los unos para los otros: jugando con un niño, escuchando a una persona mayor, participando en un Vía Crucis público o reuniéndonos en silencio y oración el Viernes Santo.
La Semana Santa nos invita a participar en la santa obra de Dios de caminar descalzos por el mundo tal como es, confiando en que el amor tiene la última palabra.